
A continuación una traducción del discurso del
presidente Obama ante las Naciones Unidas el 23 de setiembre:
(comienza la transcripción)
LA CASA BLANCA
Declaraciones del presidente
En la Asamblea General de las Naciones Unidas
Sede de Naciones Unidas
Nueva York, Nueva York
23 de septiembre de 2009
PRESIDENTE OBAMA: Buenos días, señor presidente,
señor secretario general, colegas delegados, damas
y caballeros, es un honor para mí hablar ante ustedes
por primera vez como 44to. presidente de Estados Unidos.
Me presento ante ustedes con humildad por la responsabilidad
que el pueblo estadounidense me ha encomendado, consciente
de los enormes desafíos en nuestro momento en la
historia y decidido a actuar amplia y colectivamente en
bien de la justicia y la prosperidad en mi país y
en el extranjero.
He estado en mi cargo apenas nueve meses, aunque hay días
en que eso parece más largo. Estoy muy atento a las
expectativas que acompañan a mi presidencia en todo
el mundo. Esas expectativas no son acerca de mí.
Más bien, se arraigan, me parece, en el descontento
con el statu quo que ha permitido que nos definamos cada
vez más por nuestras diferencias, y que nuestros
problemas nos dejen atrás. Pero también se
arraigan en la esperanza, la esperanza en que un cambio
real es posible, y la esperanza en que Estados Unidos sea
el líder en lograr concretar ese cambio.
Asumí el cargo cuando muchos en el mundo habían
llegado a mirar a Estados Unidos con escepticismo y desconfianza.
Parte de ello se debía a las percepciones erróneas
y e información equivocada sobre mi país.
Parte de ello se debía a la oposición a políticas
específicas y la creencia de que en ciertas cuestiones
críticas Estados Unidos había actuado unilateralmente,
sin considerar los intereses de los otros. Y esto ha fomentado
una actitud anti estadounidense casi refleja, que con frecuencia
ha servido como excusa para la inacción colectiva.
Ahora, como todos ustedes, mi responsabilidad es actuar
en el interés de mi nación y de mi pueblo,
y nunca pediré disculpas por defender esos intereses.
Pero, mi profunda convicción es que en el año
2009, más que en cualquier otro momento de la historia
humana, los intereses de las naciones y de los pueblos están
compartidos. Las convicciones religiosas que tenemos en
nuestro corazón pueden forjar nuevos lazos entre
la gente, o también nos pueden separar. La tecnología
que utilicemos puede iluminar el sendero hacia la paz, u
oscurecerlo para siempre. La energía que usamos puede
sostener nuestro planeta, o destruirlo. Lo que ocurra con
la esperanza de un solo niño, en cualquier lugar,
puede enriquecer a nuestro mundo, o empobrecerlo.
En este recinto nos congregamos de muchos lugares, pero
compartimos un futuro común. Ya no tenemos más
el lujo de ser indulgentes con nuestras diferencias y excluir
el trabajo que debemos hacer juntos. He llevado este mensaje
desde Londres a Ankara; de Puerto España a Moscú;
de Accra a El Cairo, y sobre eso hablaré hoy, porque
ha llegado el momento en que el mundo avance en una nueva
dirección. Debemos aceptar una nueva era de compromiso,
en base al interés mutuo y al respeto mutuo, y nuestra
labor debe comenzar hoy.
Sabemos que el futuro será forjado en base a los
hechos y no sólo las palabras. Los discursos por
si solos no resolverán nuestros problemas, se necesitará
acción persistente. A aquellos que cuestionan el
carácter y la causa de mi nación, les pido
que consideren las medidas concretas que hemos tomado en
apenas nueve meses.
En mi primer día en la presidencia prohibí,
sin excepción ni equívoco, el uso de la tortura
por parte de Estados Unidos de América. Ordené
el cierre de la prisión en la Bahía de Guantánamo
y estamos cumpliendo la difícil tarea de crear un
marco de referencia para combatir al extremismo dentro de
imperio de la ley. Todas las naciones deben saberlo: Estados
Unidos vivirá de acuerdo con sus valores, y dirigiremos
con el ejemplo.
Hemos establecido una meta clara y precisa: trabajar con
todos los miembros de este organismo para destruir, desmantelar
y derrotar a al Qaida y a sus aliados extremistas, una red
que ha matado a miles de personas de todos los credos y
naciones, y que complotó para hacer volar este mismo
edificio. En Afganistán y Pakistán nosotros,
y muchas naciones, estamos ayudando a esos gobiernos a desarrollar
su capacidad para tomar la delantera en ese esfuerzo, trabajando
al mismo tiempo para favorecer la oportunidad y la seguridad
de su pueblo.
En Iraq, somos responsables de terminar una guerra. Hemos
retirado a las brigadas estadounidenses de combate de las
ciudades iraquíes y fijado el plazo para agosto próximo
para retirar a todas nuestras brigadas de combate del territorio
iraquí. Y dejado bien sentado que ayudaremos a los
iraquíes en la transición hacia la responsabilidad
plena por su propio futuro, y que mantendremos nuestro compromiso
para sacar a todas las tropas estadounidenses para fines
del año 2011.
He presentado una agenda amplia para lograr la meta de
un mundo sin armas nucleares. En Moscú, Estados Unidos
y Rusia anunciamos que juntos aplicaríamos reducciones
sustanciales en nuestras ojivas nucleares estratégicas
y en las armas para lanzarlas. En la Conferencia del Desarme
acordamos un plan de trabajo para negociar y acabar con
la producción de materiales fisionables para armas
nucleares. Y esta semana mi secretaria de Estado se convertirá
en la primera representante principal estadounidense en
la Conferencia de Miembros del Tratado para la Prohibición
Completa de los Ensayos, que se realiza anualmente.
Al asumir el cargo nombré a un Enviado Especial
para la Paz en Oriente Medio, y Estados Unidos ha trabajado
con firmeza y agresividad para impulsar la causa de dos
estados -- Israel y Palestina -- en donde la paz y la seguridad
se arraiguen y se respeten los derechos tanto de israelíes
como de palestinos.
Para enfrentar el cambio climático hemos invertido
80.000 millones de dólares en energía limpia.
Hemos aumentado de manera sustancial nuestras normas para
la eficiencia de los combustibles. Hemos dado nuevos incentivos
para la conservación, establecido asociaciones energéticas
en todas las Américas y hemos pasado de ser observador
a líder en las negociaciones internacionales sobre
el clima.
Para superar la crisis económica que afecta a todos
los rincones del mundo, hemos trabajado con las naciones
del G20 para forjar una respuesta internacional coordinada
de más de 2 billones de dólares en estímulo
para sacar a la economía mundial del borde del precipicio.
Hemos movilizado recursos que ayudaron a evitar que la crisis
se extienda a los países en desarrollo. Y nos sumamos
a otros para inaugurar la iniciativa de seguridad alimentaria
mundial, por 20.000 millones de dólares, que les
dará una mano a quienes más lo necesitan,
y ayudarlos a que construyan sus propias capacidades.
También hemos reanudado nuestro compromiso con las
Naciones Unidas. Hemos pagado nuestras cuentas. Hemos ingresado
al Consejo de Derechos Humanos. Hemos firmado la Convención
de los Derechos de las Personas con Discapacidades. Hemos
asumido plenamente las Metas de Desarrollo del Milenio.
Y planteamos nuestras prioridades aquí, en esta institución,
por ejemplo, por medio del la reunión del Consejo
de Seguridad que mañana presidiré, sobre no
proliferación nuclear y el desarme, y por medio de
los temas a los que hoy me referiré.
Esto es lo que ya hemos hecho. Pero esto es apenas el inicio
de nuestra labor. Algunas de nuestras medidas han producido
resultados. Algunas han sentado las bases para el progreso
en el futuro. Pero que no quepa duda alguna: ésta
no puede ser una misión exclusiva de Estados Unidos.
Quienes solían criticar a Estados Unidos por actuar
solo en el mundo no pueden ahora cruzarse de brazos y esperar
a que Estados Unidos resuelva solo los problemas del mundo.
Hemos procurado –de palabra y obra– una nueva
era de participación en el mundo. Es hora de que
todos nosotros asumamos las responsabilidades que nos corresponden
en una respuesta mundial a desafíos mundiales.
Si somos francos con nosotros mismos, debemos admitir que
no estamos cumpliendo con esa responsabilidad. Consideren
el curso que seguiremos si no encaramos el estatus quo:
Extremistas que siembran terror en regiones del mundo. Conflictos
prolongados y sin tregua. Genocidios y atrocidades masivas.
Más y más países con armas nucleares.
Deshiele del casquete polar y desolación de poblaciones.
Pobreza persistente y pandemias. Digo esto no para infundir
temor, sino para presentar los hechos: nuestros actos aún
no se ajustan a la magnitud de nuestros desafíos.
Esta entidad fue fundada en la convicción de que
las naciones del mundo podrían resolver sus problemas
en conjunto. Franklin Roosevelt, que murió antes
de ver convertida en realidad su visión para que
esta institución se hiciera realidad, lo dijo de
esta manera, textualmente: "La estructura de la paz
del mundo no puede ser la tarea de un hombre, o de un partido
o de una nación. No puede ser la paz de las grandes
naciones, o de las naciones pequeñas. Debe ser la
paz que se base en el esfuerzo cooperativo de todo el mundo".
El esfuerzo cooperativo de todo el mundo. Esas palabras
resuenan hoy con más verdad que nunca, cuando no
es simplemente la paz, sino nuestra misma salud y prosperidad
que tenemos en común. Y también sabemos que
este organismo está formado por estados soberanos.
Y tristemente, aunque no sea una sorpresa, este organismo
con frecuencia se ha convertido en el foro para sembrar
la discordia en lugar de buscar el terreno común,
un lugar para jugar a la política y explotar los
reclamos en lugar de resolver problemas. Después
de todo, es fácil subir a este podio y culpar a los
otros de nuestros problemas, absolviéndonos a nosotros
mismos de la responsabilidad de nuestras opciones y nuestras
medidas. Cualquiera puede hacer eso. La responsabilidad
y el liderazgo exigen mucho más en el siglo XXI.
En una era en la que nuestro destino está compartido,
el poder ya no es más un juego en el que uno gana
y otro pierde. Ninguna nación puede, o debe tratar
de dominar a otra nación. Ningún orden mundial
que eleve a una nación, o a un grupo de personas,
sobre los demás, tendrá éxito. Las
divisiones tradicionales entre las naciones del Sur y del
Norte no tienen sentido en un mundo interconectado, ni los
alineamientos de naciones enraizados en las hendiduras de
la desde tiempo extinta Guerra Fría.
Ha llegado el momento de darse cuenta que los viejos hábitos,
los viejos argumentos, son irrelevantes a los desafíos
que nuestros pueblos enfrentan. Impulsan a las naciones
a actuar en oposición a las mismas metas que dicen
perseguir, y a votar, con frecuencia en este organismo,
en contra de los intereses de sus propios pueblos. Eso levanta
muros entre nosotros y el futuro que nuestros pueblos buscan,
y ha llegado el momento para que esas paredes sean derribadas.
Juntos debemos construir nuevas coaliciones para poner puentes
sobre las viejas divisiones, coaliciones con diferentes
religiones y credos, de norte y sur, este, oeste, negros
y morenos.
La opción es nuestra. Podemos ser recordados como
la generación que prefirió arrastrar las discusiones
del siglo XX al siglo XXI, la que rehusó las opciones
difíciles, que rehusó mirar adelante, que
fracasó en mantener el paso porque nos definimos
por lo que éramos en lugar de para lo que estábamos.
O podemos ser una generación que elija ver el horizonte
más allá de las aguas embravecidas de adelante;
que se une para servir el interés común de
los seres humanos, y que finalmente le dé un significado
a la promesa enraizada en el nombre que se le dio a esta
institución: las Naciones Unidas.
Ese es el futuro que Estados Unidos quiere, un futuro de
paz y prosperidad que solamente podremos alcanzar si reconocemos
que todas las naciones tienen derechos, pero que todas las
naciones también tienen responsabilidades. Ese es
el acuerdo que esto funcione. Y ese debe ser el principio
guía para la cooperación internacional.
Permítanme presentar hoy los cuatro pilares que
considero que son fundamentales para el futuro que queremos
para nuestros hijos: la no proliferación y el desarme,
la promoción de la paz y la seguridad, la preservación
de nuestro planeta y una economía mundial que promueva
oportunidades para todos los pueblos.
Primero, debemos frenar la propagación de las armas
nucleares, y buscar la meta de un mundo sin esas armas.
Esta institución fue establecida en los comienzos
de la era atómica, en parte porque se debía
refrenar la capacidad del hombre para matar. Durante décadas
se pudo evitar el desastre, incluso a la sombra de un duelo
entre las superpotencias. Pero actualmente la proliferación
está creciendo en alcance y complejidad. Si fallamos
y no actuamos estaremos invitando a la carrera de armas
nucleares en toda región, y la perspectiva de guerras
y actos de terror en una escala que apenas podemos imaginar.
Un consenso frágil se interpone ante este resultado
aterrador, y es el acuerdo básico que da forma al
Tratado de No Proliferación Nuclear. Señala
que todas las naciones tienen derecho a tener energía
nuclear con fines pacíficos, que las naciones con
armas nucleares tienen la responsabilidad de avanzar hacia
el desarme, y aquéllas que no las tengan tienen la
responsabilidad de renunciar a ellas. Los próximos
12 meses podrían ser determinantes para ver si este
pacto se refuerza o se destruye lentamente.
Estados Unidos se propone a cumplir con la parte del acuerdo
que le corresponde. Buscaremos un nuevo acuerdo con Rusia
para reducir sustancialmente nuestras ojivas nucleares y
lanzadores de las mismas. Seguiremos adelante con la ratificación
del Tratado de Prohibición de los Ensayos, y trabajaremos
con otros para hacer cumplir el tratado de manera que las
pruebas nucleares queden prohibidas permanentemente. Completaremos
la Revisión de la Postura Nuclear, que abre la puerta
a recortes más profundos y reduce el papel de las
armas nucleares. Y pediremos a los países que comiencen
negociaciones en enero sobre un tratado para acabar con
la producción de material fisionable para las armas.
En abril próximo seré el anfitrión
de una cumbre para reiterar la responsabilidad de cada nación
de asegurar los materiales nucleares en sus territorios
y ayudar a las que no pueden, porque no podemos permitir
nunca que un solo artefacto nuclear caiga en manos de un
extremista violento. Y trabajaremos para fortalecer las
instituciones e iniciativas que combaten el contrabando
y robo de material nuclear.
Todo esto debe ser de apoyo a los esfuerzos para reforzar
el TNP. Las naciones que se rehúsen a cumplir con
sus obligaciones deben enfrentar las consecuencias. Permítanme
ser claro, no se trata de señalar a naciones individuales,
se trata de proteger los derechos de todas las naciones
que cumplen con sus responsabilidades. Porque un mundo en
que las inspecciones de la OIEA se evitan y las demandas
de las Naciones Unidos se ignoran dejará a la gente
menos segura, y a todas las naciones menos seguras.
Con sus actuaciones hasta la fecha, los gobiernos de Corea
del Norte e Irán amenazan con arrastrarnos a esa
colina peligrosa. Respetamos sus derechos como miembros
de la comunidad de naciones. Ya lo he dicho antes, y lo
repetiré, estoy comprometido a una diplomacia que
abra una senda hacia una mayor prosperidad y una paz más
segura para ambas naciones, si cumplen con sus obligaciones.
Pero si los gobiernos de Irán y Corea del Norte
eligen ignorar las normas internacionales; si colocan la
búsqueda de armas nucleares por encima de la estabilidad
regional y la seguridad y oportunidad para sus propios pueblos;
si son indiferentes al peligro de una escalada en la carrera
armamentista nuclear, tanto en el este del Asia como en
Oriente Medio, entonces se les debe deducir responsabilidades.
El mundo debe mostrarse firme en conjunto para demostrar
que la ley internacional no es una promesa vacua, y que
los tratados serán aplicados. Tenemos que insistir
en que el futuro no le pertenece al miedo.
Esto me lleva al segundo pilar de nuestro futuro: la consecución
de la paz.
Las Naciones Unidas nacieron de la convicción de
que los pueblos del mundo puedan vivir sus vidas, criar
a sus hijos y resolver sus diferencias pacíficamente.
Sin embargo, sabemos que en demasiados lugares del mundo
este ideal sigue siendo una abstracción, un sueño
lejano. Podemos aceptar ese resultado como algo inevitable
y tolerar el conflicto constante y paralizante, o podemos
reconocer que el anhelo de paz es universal y reafirmar
nuestra determinación de poner fin a los conflictos
en todo el mundo.
Ese esfuerzo debe comenzar con una determinación
inquebrantable de que el asesinato de hombres, mujeres y
niños inocentes nunca se tolerará. En lo que
respecta a esto, nadie puede tener -- no puede haber disputa
alguna. Los extremistas violentos que promueven el conflicto
distorsionando cuestiones de la fe se han desacreditado
y aislado a sí mismos. No ofrecen nada más
que el odio y la destrucción. Al hacerles frente,
Estados Unidos forjará alianzas duraderas que arremetan
contra los terroristas, compartan inteligencia y coordinen
a las agencias de aplicación de la ley y protejan
a nuestro pueblo. Nos permitiremos que exista ningún
refugio seguro en Afganistán o en cualquier otro
país desde donde al Qaida pueda lanzar ataques. Apoyaremos
a nuestros amigos en el frente, como haremos mañana
nosotros y muchos países al prometer nuestro apoyo
al pueblo de Pakistán. Y emprenderemos la participación
positiva que construye puentes entre las religiones y nuevas
alianzas para la oportunidad.
No obstante, nuestros esfuerzos para fomentar la paz no
puede limitarse a derrotar a los extremistas violentos,
ya que el arma más poderosa de nuestro arsenal es
la esperanza de los seres humanos, la convicción
de que el futuro pertenece a quienes desean crear y no destruir,
la confianza de que los conflictos pueden acabarse y que
llegará un nuevo día.
Por ese motivo, apoyaremos -- reforzaremos nuestro apoyo
a campañas eficaces de mantenimiento de la paz, a
la vez que reactivamos nuestros esfuerzos para prevenir
los conflictos antes de que cobren fuerza. Trataremos de
conseguir una paz duradera en el Sudán mediante el
apoyo al pueblo de Darfur y la aplicación del Acuerdo
General de Paz, para que podamos asegurar la paz que el
pueblo sudanés se merece. (Aplausos). Y en los países
asolados por la violencia –desde Haití hasta
el Congo y Timor Oriental– trabajaremos en conjunción
con las Naciones Unidas y otros asociados para apoyar una
paz duradera.
También seguiré tratando de conseguir una
paz justa y duradera entre Israel, Palestina y el mundo
árabe. (Aplausos). Vamos a seguir trabajando en esa
cuestión. Ayer tuve una reunión constructiva
con el primer ministro Netanyahu y el presidente Abbas.
Hemos logrado algunos progresos. Los palestinos han intensificado
sus esfuerzos en lo relativo a la seguridad. Los israelíes
por su parte han facilitado una mayor libertad de movimiento
para los palestinos. Como resultado de los esfuerzos de
ambas partes, la economía en Cisjordania ha comenzado
a crecer. Pero se necesita más progreso. Seguimos
pidiendo a los palestinos que pongan fin a las incitaciones
contra Israel, y seguimos haciendo hincapié en que
Estados Unidos no acepta la legitimidad de la continuación
de los asentamientos israelíes. (Aplausos).
Ha llegado el momento-- ha llegado el momento de volver
a iniciar las negociaciones sin condiciones previas que
aborden las cuestiones relativas al estatuto permanente:
la seguridad para los israelíes y los palestinos,
las fronteras, los refugiados y Jerusalén. El objetivo
es claro: dos Estados que vivan uno junto al otro en paz
y seguridad: un Estado judío de Israel, con verdadera
seguridad para todos los israelíes, y un Estado palestino,
viable e independiente, conformado por territorios limítrofes
que pone fin a la ocupación que comenzó en
1967 y que haga realidad el potencial del pueblo palestino.
(Aplausos).
Mientras tratamos de conseguir este objetivo, trataremos
de conseguir también la paz entre Israel y el Líbano,
Israel y Siria, y una paz más amplia entre Israel
y sus numerosos vecinos. En la búsqueda de esa meta,
desarrollaremos iniciativas regionales con participación
multilateral, y al mismo tiempo negociaciones bilaterales.
Ahora bien, no soy ingenuo. Sé que esto será
difícil. Pero todos nosotros, no sólo los
israelíes y los palestinos, sino todos debemos decidir
si realmente queremos la paz, o si sólo la apoyamos
de boquilla. Para romper los viejos hábitos, para
romper el ciclo de la inseguridad y la desesperación,
es necesario que todos digamos en público lo que
se reconoce en privado. Estados Unidos no le hace ningún
favor a Israel cuando no cotejamos el compromiso inquebrantable
a su seguridad con la insistencia de que Israel ha de respetar
los derechos y reclamos legítimos de los palestinos.
(Aplausos). Y los países de este organismo no les
hacen ningún favor a los palestinos cuando optan
por los ataques virulentos contra Israel en lugar de la
voluntad constructiva de reconocer la legitimidad de Israel
y su derecho a existir en paz y seguridad. (Aplausos).
Debemos recordar que el precio más alto en este
conflicto no lo pagamos nosotros. No lo pagan tampoco los
políticos. Lo paga la niña israelí
de Sderot que cierra los ojos por temor a que un misil le
quite la vida en medio de la noche. Lo paga el niño
palestino de Gaza que no tiene acceso a agua potable ni
tampoco tiene país propio. Ellos son hijos de Dios.
Y después de todas las maniobras políticas
y todos los ademanes, esto trata del derecho de todo ser
humano a vivir con dignidad y seguridad. Es una lección
arraigada en las tres grandes religiones que llaman Tierra
Santa a una pequeña parte de la Tierra. Por eso,
a pesar de que habrá reveses y falsos comienzos y
días difíciles, no desistiré de tratar
de conseguir la paz. (Aplausos).
En tercer lugar, debemos reconocer que en el siglo XXI
no habrá paz a menos que asumamos la responsabilidad
de preservar nuestro planeta. Le doy las gracias al Secretario
General por haber auspiciado el tema del cambio climático
ayer.
El peligro que plantea el cambio climático no puede
ser negado. Nuestra responsabilidad de evitarlo no debe
aplazarse. Si seguimos por nuestro rumbo actual todos los
miembros de esta Asamblea verán cambios irreversibles
dentro de sus fronteras. Nuestros esfuerzos para poner fin
a los conflictos se verán eclipsados por guerras
motivadas por los refugiados y los recursos. La sequía
y la hambruna causarán estragos al desarrollo. Las
tierras donde seres humanos han vivido durante miles de
años desaparecerán. Las generaciones futuras
mirarán retrospectivamente y se preguntarán
por qué nos negamos a actuar, por qué no pudimos
pasar-- por qué no pudimos legar un entorno digno
de nuestra herencia.
Por eso, los días en que Estados Unidos le daba
largas al asunto se han terminado. Seguiremos adelante con
las inversiones destinadas a transformar nuestra economía
de la energía y ofreceremos incentivos para que la
energía limpia sea un tipo de energía rentable.
Seguiremos adelante con las drásticas reducciones
de las emisiones para alcanzar los objetivos que nos hemos
fijado para el año 2020, y finalmente para el 2050.
Continuaremos promoviendo la energía renovable y
el ahorro energético, y compartiremos las nuevas
tecnologías con países de todo el mundo. Aprovecharemos
también cualquier oportunidad para avanzar frente
a esta amenaza en un esfuerzo cooperativo con el mundo entero.
Aquellos países ricos que tanto perjudicaron el
medio ambiente en el siglo XX deberán aceptar nuestra
obligación de encabezar este esfuerzo. Pero las responsabilidades
no se acaban ahí. Si bien debemos reconocer la necesidad
de que haya distintas respuestas, cualquier acción
dirigida a frenar las emisiones de carbono ha de incluir
a los países emisores de carbono de rápido
crecimiento, que pueden hacer más para reducir la
contaminación atmosférica sin impedir el crecimiento.
Cualquier iniciativa que no ayude a los países más
pobres a adaptarse a los problemas que ya ha desencadenado
el cambio climático y que no les ayude a recorrer
el camino del desarrollo limpio, sencillamente no funcionará.
Es duro cambiar algo tan fundamental como la manera en
que utilizamos la energía. Lo sé. Es aún
más difícil hacerlo en plena recesión
mundial. Sin duda, existe la tentación de cruzarse
de brazos y esperar a que otros tomen la iniciativa, pero
no podemos hacer este recorrido a menos que todos avancemos
juntos. Con antelación a Copenhague, propongámonos
centrarnos en lo que cada uno de nosotros puede hacer por
el bien de nuestro futuro común.
Esto me lleva al último pilar que debe fortalecer
nuestro futuro: una economía mundial que ofrezca
oportunidades para todos.
El mundo aún se está recuperando de la peor
crisis económica desde la Gran Depresión.
En Estados Unidos, vemos que el motor del crecimiento empieza
a dar vueltas, pero sin embargo muchos siguen pasando apuros
para encontrar empleo o pagar las cuentas. En todo el mundo,
vemos indicios prometedores, pero poca certeza acerca de
lo que nos depara el futuro. Demasiadas personas en demasiados
lugares atraviesan las crisis diarias que cuestionan nuestra
humanidad: la desesperación de un estómago
vacío, la sed provocada por la disminución
de los suministros de agua, la injusticia de que un niño
muera de una enfermedad tratable, o una madre que pierde
la vida al dar a luz.
En Pittsburgh, trabajaremos con las economías más
grandes del mundo para trazar un rumbo hacia el crecimiento
equilibrado y sostenido. Esto implica tomar las debidas
precauciones para garantizar que no nos rindamos hasta que
nuestros pueblos vuelvan a trabajar. Esto significa tomar
medidas para reactivar la demanda para que la recuperación
mundial pueda sostenerse. Significa también establecer
nuevas normas y fortalecer los reglamentos de todos los
centros financieros para poner fin a la codicia y los excesos
y los abusos que nos llevaron a este desastre, y para evitar
que una crisis como ésta vuelva a ocurrir.
Sin embargo, en momentos de semejante interdependencia,
tenemos el interés moral y pragmático en cuestiones
más amplias de desarrollo, cuestiones de desarrollo
que existían incluso antes de que se produjera esta
crisis. Así que Estados Unidos continuará
su histórico esfuerzo para ayudar a que las personas
se alimenten a sí mismas. Hemos asignado 63.000 millones
de dólares para llevar adelante la lucha contra el
VIH/SIDA, para poner fin a las muertes por tuberculosis
y malaria, para erradicar la poliomielitis y para fortalecer
los sistemas de salud pública. Nos hemos sumado a
otros países en contribuir vacunas contra la gripe
H1N1 a la Organización Mundial de la Salud. Vamos
a integrar más economías nacionales en un
sistema de comercio mundial. Vamos a apoyar los Objetivos
de Desarrollo del Milenio y acercarnos a la cumbre del año
próximo con un plan global para hacerlos realidad.
Vamos a fijar objetivos para erradicar la pobreza extrema
en nuestro tiempo.
Ahora es el momento para que todos pongamos nuestro granito
de arena. El crecimiento no será sostenido ni compartido
a menos que todos los países acepten sus responsabilidades.
Eso significa que los países ricos tienen que abrir
sus mercados a más productos y echarle una mano a
los que tienen menos, y también reformar las instituciones
internacionales para dar mayor voz a más países.
Por su parte los países en desarrollo tienen que
eliminar la corrupción, que es un obstáculo
para el progreso, ya que las oportunidades no pueden prosperar
cuando las personas están oprimidas y las empresas
tienen que pagar sobornos. Por ese motivo, nosotros apoyamos
la policía honesta y los jueces independientes; la
sociedad civil y un sector privado dinámico. Nuestro
objetivo es sencillo: una economía mundial en el
que se sustenta el crecimiento y donde hay oportunidades
para todos.
Ahora bien, los cambios de los que he hablado hoy no serán
fáciles de hacer ni se lograrán solo porque
líderes como nosotros se presenten en foros como
éste, independientemente de lo útiles que
sean, puesto que al igual que en cualquier asamblea de miembros,
el verdadero cambio sólo se produce a través
de los pueblos a los que representamos. Por eso, en nuestras
capitales, debemos emprender la dura labor de sentar las
bases del progreso. Es ahí donde crearemos el consenso
que ponga fin a los conflictos, que aproveche la tecnología
para propósitos pacíficos, que cambie la forma
en que utilizamos la energía y que fomente el crecimiento
que pueda sostenerse y compartirse.
Yo creo que los pueblos del mundo desean ese futuro para
sus hijos. Por eso, se debe defender los principios que
garantizan que los gobiernos reflejen la voluntad de sus
pueblos. Estos principios no pueden ser ideas de última
hora; la democracia y los derechos humanos son elementos
esenciales para el logro de cada uno de los objetivos que
he mencionado hoy, ya que es más probable que los
gobiernos del pueblo y por el pueblo actúen conforme
a los intereses generales de sus propios pueblos, en lugar
de los intereses limitados de quienes están en el
poder.
La prueba de nuestro liderazgo no será la medida
en que fomentemos los temores y antiguos odios de nuestros
pueblos. El verdadero liderazgo no se mide por la capacidad
de silenciar a la disidencia, ni de intimidar o acosar a
la oposición política. Los pueblos del mundo
desean un cambio y han dejado de tolerar a quienes están
en el lado equivocado de la Historia.
La Carta de esta Asamblea nos compromete a cada uno de
nosotros—cito textualmente— “a reafirmar
la fe en los derechos fundamentales del hombre, en 1a dignidad
y el valor de la persona humana, en la igualdad de derechos
de hombres y mujeres”. Entre esos derechos figura
la libertad de decir lo que se piensa y rendir culto como
se quiera, la promesa de la igualdad de las razas y la oportunidad
para que mujeres y niñas busquen su propio potencial,
la capacidad de los ciudadanos a tener voz en cómo
se les gobierna y a tener confianza en la gestión
de la justicia. Porque al igual que ningún país
debe ser obligado a aceptar la tiranía de otro, ninguna
persona debe ser obligada a aceptar la tiranía de
su propio pueblo. (Aplausos).
Como afro estadounidense, jamás olvidaré
que no estaría aquí hoy sin la búsqueda
constante de una unión más perfecta en mi
país. Ese hecho guía mi convicción
de que, a pesar de lo negativas que puedan parecer las circunstancias,
quienes eligen el lado de la justicia pueden forjar un cambio
transformador. Yo me comprometo a que Estados Unidos siempre
estará del lado de quienes defienden su dignidad
y sus derechos, del lado del estudiante que quiere aprender,
del votante que exige ser escuchado, de los inocentes que
desean ser libres, de los oprimidos que anhelan igualdad.
La democracia no se puede imponer en ningún país
desde el exterior. Cada sociedad debe encontrar su propio
camino, y ningún camino es perfecto. Cada país
seguirá el rumbo que traza la cultura de su pueblo
y sus tradiciones pasadas. Reconozco que Estados Unidos
se ha comportado con demasiada frecuencia de modo parcial
en la promoción de la democracia. Pero ello no debilita
nuestro compromiso, sino que lo refuerza. Hay principios
fundamentales que son universales, hay verdades que son
evidentes y Estados Unidos de América nunca vacilará
en sus esfuerzos por defender el derecho de todos los pueblos
a determinar su propio destino. (Aplausos).
Hace sesenta y cinco años, un agotado Franklin Roosevelt
se dirigió al pueblo estadounidense en su cuarto
y último discurso de investidura. Tras años
de guerra, trató de resumir las lecciones que podían
extraerse de los terribles sufrimientos y enormes sacrificios
que habían tenido lugar. “Hemos aprendido a
ser ciudadanos del mundo, a ser miembros de la comunidad
humana”, dijo.
Las Naciones Unidas fue un organismo creado por hombres
y mujeres como Roosevelt, de todos los rincones del mundo,
de África y Asia, de Europa y de las Américas.
Estos arquitectos de la cooperación internacional
tenían un idealismo que era cualquier cosa menos
ingenuo, que estaba arraigado en las duras lecciones de
la guerra, en la sabiduría que los países
podían promover sus intereses mediante la acción
conjunta en lugar de fragmentada.
Ahora nos corresponde a nosotros, puesto que esta institución
será lo que nosotros hagamos de ella. Las Naciones
Unidas hacen el bien en todo el mundo: alimentan a los hambrientos,
cuidan a los enfermos, reparan lugares que han sufrido conflicto,
pero también se esfuerza por imponer su voluntad
y por estar a la altura de los ideales de su fundación.
Creo que esas imperfecciones no son motivo para alejarse
de esta institución, sino que son un llamamiento
a redoblar nuestros esfuerzos. Las Naciones Unidas pueden
ser un lugar donde discutimos las viejas quejas o establecemos
un terreno común; un lugar donde nos centramos en
lo que nos diferencia o en lo que nos une; un lugar donde
consentimos la tiranía; o una fuente de autoridad
moral. En resumidas cuentas, las Naciones Unidas pueden
ser un organismo que está desconectado de lo que
importa en la vida de nuestros ciudadanos o un factor indispensable
para promover los intereses de los pueblos a los que servimos.
Hemos llegado a un momento decisivo. Estados Unidos está
listo para comenzar un nuevo capítulo de la cooperación
internacional, que reconozca los derechos y las responsabilidades
de todos los países. Así pues, con confianza
en nuestra causa y con el compromiso a nuestros valores,
hacemos un llamado a todos los países a unirse a
nosotros en la creación del futuro que tanto se merecen
nuestros pueblos.
Muchas gracias a todos. (Aplausos).
(termina la transcripción)